“Yo estaré con ustedes todos los días, hasta
el fin del mundo”. (Mateo 28:20B – Nva V I)
Jesús
nos asegura su cercanía incondicional en toda circunstancia y coyuntura. Sin
embargo, nos cuesta reconocerla. Las experiencias límites, la injusticia, el
sufrimiento, la violencia, pueden velarnos su presencia. Por eso en tiempos
como en los que vivimos, nuestra fe siempre está amenazada por desenfoques que
terminan haciendo de ella algo lejano e inalcanzable que atenta contra lo más
radical de la experiencia cristiana: Dios es amor y nos da vida por gracia
y en abundancia.
Un desenfoque es atribuir a Dios, la intención
de causar el mal. Muchas de las conversaciones que escuchamos estos días en
torno a la crisis del covid 19 van en esta línea.
La imagen de Dios que hay detrás de
este desenfoque nada tiene que ver con el Dios cristiano, que en Jesús se
encarna como solidaridad amorosa hasta el extremo, asumiendo desde
ahí las consecuencias de la dejación o de la responsabilidad humana.
Este Dios que nunca se impone al
ser humano, que se expone a su libertad, a su acogida o a su
rechazo, no puede ser el causante de tanto dolor y tristeza.
Como si Dios fuera un pedagogo
cruel y sádico y no el Dios todo-misericordia, el Abba (Dios-papaito) de
Jesús.
Por eso en medio de la incertidumbre y
el sufrimiento que nos atraviesa, los tiempos que vivimos son una oportunidad
para desnudar nuestra fe de desenfoques idolátricos.
El Dios de Jesús no es un Dios
mágico, soluciona-problemas, ni tampoco castigador ni sádico.
No es un Dios que actúa saltándose las
mediaciones humanas, sino un Dios compañero. Un Dios que se
hace condición humana y desde lo hondo nos sostiene y nos ayuda a encarar
preguntas para las que no tenemos respuestas.
Un Dios que nos sostiene en todo y
cuya experiencia amorosa de cuidado y sustento, en medio de la densidad de los
acontecimientos, nos lleva a no querer ni poder apropiárnosla.
Un Dios que se queda mudo, pero
no ausente ni estático, ante los cadáveres de las casas, calles y
hospitales de las ciudades. O en el sufrimiento de los ancianos, de los niños,
de las madres, de los empleados sanitarios o cuidadoras muertas no solo por el
covid 19, sino por la irresponsabilidad y los intereses económicos que han
desmantelado los sistemas públicos de salud en nuestros países.
No importa quién o qué desato esta
pandemia, ya está aquí y debemos enfrentarla.
Un Dios que en Jesús nos recuerda que
su decir es hacer, que, en ocasiones como éstas, predicar
es actuar y lo que toca es ponerse codo a codo, con
otros y otras, para acompañar duelos, silencios, preguntas aun sin respuestas.
Lo que toca no son discursos sino hacer
posible la multiplicación de los panes y los peces en las
colas del hambre en nuestros barrios, como tantas
iniciativas vecinales, grupos de cuidados y comunidades cristianas están
haciendo.
Si estamos atentos, entre ellos y ellas
podemos reconocer hoy el Espíritu del DIOS VIVIENTE que nos urge a anunciarlo
con la fuerza de las obras y el poder y la resiliencia de las iniciativas
comunitarias.
Es hora de demostrar para que nos salvó
JESUS, con poco o mucho pero de acuerdo
a lo que DIOS nos ha dado; ayudemos, compartamos y demos
de gracia lo que de gracia recibimos.
Es
momento de oportunidad, de ejemplo, de
compartir. Todos podemos aportar y como Hijos de Dios debemos solidarizarnos y ayudar, ayudar, sin importar
a quien.
El requisito es que lo necesiten y
podamos brindar la ayuda, lo demás dejémoslo a Dios, con la certeza de que EL
ESTARA CON NOSOTROS HASTA EL FIN.
Bendiciones.

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